martes, 17 de junio de 2014

¡Señorita profesora!

“Los inmigrantes que llegaron a Ingeniero White eran delincuentes que escaparon de las penitenciarías europeas”. Así dijo una profesora de un colegio secundario a sus alumnos que escucharon asombrados, azorados, semejante enormidad.
No, señorita profesora. No es verdad.
Con las excepciones que consignan las estadísticas –y que aquí no vamos a escamotear- era gente de trabajo que huía del hambre y la miseria y de las amenazas de la guerra que no tardaron en hacerse realidad más de una vez en la vieja Europa.
Había, es cierto, muchos hombres sin ilustración. Eran solo aptos para tareas duras, difíciles, riesgosas. Trabajadores manuales, empíricos, sin mucha teoría ni razonamiento, pero trabajadores, honestos y cumplidores. Muchos quedaron solteros. No pudieron, no supieron formar un hogar. El paso del tiempo los encontró anclados en una playa, vencidos por la nostalgia de su tierra lejana y ya inaccesible.
Pero muchos otros, con mayor fuerza de carácter, se convirtieron en el tronco vigoroso de las más tradicionales familias whitenses. Son parte de aquellos inmigrantes de todas las nacionalidades que hicieron la raíz cosmopolita del país y contribuyeron a su grandeza con el esfuerzo diario y con conducta honrada y respetuosa.
Son la mayoría, señorita profesora. Y nos sentimos muy orgullosos de nuestro origen. Es bueno que lo sepa. Y que lo diga.
 
Extraído de Liberali, Ampelio M. “Historietas Whitenses”. Edición de la Cocina del Museo del Puerto de Ingeniero White. Bahía Blanca, Argentina - 1994.

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